Una de las gracias más especiales que Dios concede a una parroquia, a sus fieles y a sus sacerdotes, es la predicación frecuente de Ejercicios Espirituales según el método de San Ignacio de Loyola. Es algo en lo que coinciden los papas y los santos, así como también tantos maestros de la vida espiritual católica. Así De Causette decía: «Los ejercicios son uno de los libros más venerables salidos de manos de los hombres; porque si la “Imitación de Cristo” ha enjugado más lágrimas, los ejercicios han producido más conversiones y más santos».

Desde el miércoles 25 al domingo 29 de octubre el Padre Daniel predicó una tanda de ejercicios a 15 mujeres; mientras que yo pude hacer lo mismo a una tanda de 11 hombres desde el miércoles 1 de noviembre al domingo 5. Las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará que trabajan en la Parroquia ayudaron muchísimo con la lógistica y asistencia, tanto en cuanto a la cocina como a la limpieza.

Tal vez una de las características más novedosas que presentan los ejercicios de San Ignacio en esta zona del mundo es el absoluto silencio que reclaman. Cosa que no deja de ser una gracia especialísima de Dios. El Cardenal Robert Sarah, en su libro “La fuerza del silencio” escribe: «El Espíritu Santo carece de rostro y de palabra. Es silencioso por su naturaleza divina. Actúa en el silencio desde toda la eternidad…» y más adelante dirá: «El Espíritu habita en el interior del hombre regenerándolo sin ruido manifiesto. El Espíritu es una fuerza silenciosa. Libre como el viento, sopla de forma imprevisible»[1]. Es por eso que este tipo de retiro tiene tantos frutos espirituales duraderos, pues no se trata de encontrarse con otros y compartir, sino de ponerse frente a uno mismo y al Espíritu para que él nos sane desde el profundo silencio en el que Él mora.

A pesar de las dificultades producidas por el barro y la abundante lluvia, cosas que hicieron especialmente dificultosas los transportes, Dios quiso obrar por el silencio de los Ejercicios Espirituales. Y quienes se animaron a quedarse solos de frente a Dios saborearon las dulzuras anticipadas de la eternidad.

Es nuestro deseo que muchos más en las próximas tandas que tendremos y de las cuales iremos avisando puedan animarse a pasar unos días en soledad con Dios.

No se olviden de rezar por nosotros, pues lo necesitamos. Que Dios los bendiga a todos.

Padre Pablo Pérez, IVE, Misionero en Paraguay

[1] Roberth Sarah, La fuerza del silencio, Palabra, Madrid 2017, pág. 126.

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